Que el ser humano necesita de las historias para vivir es algo que afirman muchos autores, y es cierto, piense Vd. en su vida cotidiana: ve series en la tele, lee un libro, le cuenta a la vecina lo último que le ha pasado a la hermana del la novia del hijo de Pepita la del quinto derecha… estamos continuamente contando cuentos y, aquí llegamos a la cuestión, y por contados: inventados. Desde que el hombre es hombre se transmiten tradiciones, leyendas y hechos pasados, de boca en boca, de página en página, de pantalla en pantalla. El oficiante embellece y adapta la historia, ya sea real o no, a sus intereses mediante improvisaciones, o muy estudiados cambios, con el fin de conseguir sus deseos a través del público. Se nos imprime un frote cerebroestomacal, masajeando recodos placenteros, en muchos casos genitales directamente, en algunos otros intelectuales, para que cambiemos nuestra manera de ver el mundo. Estamos enganchados en las historias, pero por favor, no nos creamos todas. Todo lo que se transmite a través del tamiz humano es una ficción. El mismo hecho es tratado en un mismo tiempo como noticias diferentes en diferentes cadenas de televisión y en directo, el tratamiento de un mismo deseo es erótico o pornográfico según el que lo cuenta o según el que lo recibe, y paso de hablar de historias de, desde, para y por políticos. Yo ya no me creo nada, aunque a veces casi he pretendido sorprender a la verdad en ese blanco que perdura entre los renglones de un buen libro.
Todo este rollo me acaba de irrumpir en el coco después de leer en El País esta entrevista almuerzo con Mark Goffman. Y, Pablo Ximénez de Sandoval, prodígate más hijo, que se me ha hecho corta la entrevista almuerzo aquí te pillo aquí te mato.